ARRENDAMIENOS FERMOSOS

alquileres A falta de viaje motero sigo con mis andanzas inquilinatas. Con lo que he tenido que pasar. Con tantas veces que me he jugado la vida. Con tantas visitas a comisaría por problemas que me creaban. A veces para denunciar yo y otras como testigo. Con tantos años de alquilar a gente sin esperanza…

Corría el año dos mil cuatro. En la habitación grande tenía una pareja. Él, cuarentón, decía ser farmacéutico. Lo cual dudé por sus modales más propios de barrio obrero. Ella, pequeñita, con mirada rara y  conversación que delataba falta de décimas para ser normal. Aspirante a curro en Mc Donals. Gustaban de meterse una botella de cava (de las de litro) cada tarde. Los cascos verdes vacíos los ponían en el mueble del comedor como si de trofeos se tratase. Presumían de su capacidad bebedora. A mí no me gustaban aquellas botellas allí: ante una futura pelea con ellos podrían ser usados como arma arrojadiza.

En la habitación mediana  residía un hombre treintañero, de aspecto dejado con barba perenne y hablar entrecortado e inseguro. Ropas  viejas, y zapatillas gastadas de buscar un futuro que no llega.

En la pequeña moraba un peón de almacén de origen andaluz, de aspecto fornido. El más espabilado de los cuatro.

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sacada de internet

Un día recibí una llamada del “farmacéutico” avisándome de que el andaluz era drogadicto y que habían llamado los vecinos porque andaba tirado en la escalera.  Era Navidad y debió meterse más de lo que el cuerpo le aguantó. Allí estuvo remojándose en su propio vómito hasta que lo metieron dentro del piso. No es mi idea de cómo pasar las Pascuas. También me contó en aquella llamada que tenía un cuchillo enorme bajo la almohada.

Una mañana me pasé por el piso a unas horas en las que sabía que no habría ninguno. No encontré nada en la habitación del andaluz, pero tras tirar las botellas de cava acumuladas  y rebuscando en los cajones del “treintañero” quedé sorprendido de un cajón lleno de medicinas. Luego él me dijo que tenía brotes esquizofrénicos además de ser portador del SIDA. Sumido en una depresión perdió su trabajo y acabó alcoholizado.

Menudo polvorín que se estaba formando en mi piso. Era cuestión de tiempo que le diese un brote psicótico y calentase al drogadicto armado, o discutiese con la parejita borracha en la imposible convivencia. Odio mutuo acrecentado a diario. Si no se soportan los matrimonios avenidos, ¿cómo van a aguantar los juntados por necesidad? Dada esta tensión en pisos compartidos, donde la convivencia es insufrible, era factible un altercado mayor. Ya me veía con el inmueble precintado sin poder alquilarlo hasta que el juez concluyese quién había tirado por la ventana a quién, o si fue fulanito el que había puesto el cuchillo en el hígado de menganito .

Así que para perder yo,  decidí anticiparme y le dije al treintañero que se fuese. El pobre hombre no rechistó. Tiré las sábanas seropositivas y se la alquilé a un árabe cincuentón gordo que no hablaba español, que trabajaba en la construcción.

Luego me llamó la parejita otra vez diciendo que el andaluz yonqui se tiraba horas en el cuarto de baño sin poder hacer uso de él. Habían oído gritos de dolor y lo había dejado todo salpicado de sangre. Resultó que era drogadicto heroinómano, de los de jeringuilla en ristre. Con sus papelinas de heroína a la antigua usanza. Nada de pijotadas de diseño. Caballo puro.

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sacada de internet

El heroinómano se pincha de la siguiente manera: con la aguja clavada y la heroína dentro de la jeringuilla, tira del émbolo hacia atrás introduciendo sangre en ella. Así esta se mezcla con la droga que está sólida. Entonces aprieta el émbolo hasta el fondo y la pasta formada con sangre y polvo, pasa a la vena ya en estado líquido. Lo peor que puede ocurrir es que se atasque la aguja justo cuando aprietas para dentro, porque la mezcla se coagula con rapidez y hay que tirarla. Si se tienen más dosis no ha problema.  Pero si es la última, tienes que buscarte la vida para conseguir más, ello con el “mono” que se acrecienta por momentos. Y reza por tener a mano dinero o hay que atracar a alguien, un banco o lo que sea. Vamos, una desgracia tener que vivir así.

Lo que debió ocurrirle es que se le atascó la mezcolanza al paso por la aguja. De tanto que apretó el émbolo, lo que consiguió es separar la jeringa de la aguja. Así la mezcla sanguinolenta se esparramó a presión del émbolo salpicando las paredes. La aguja todavía clavada empezó a lanzar chorros de sangre en todas direcciones bombeada por el corazón.

Cuando se metió su dosis por fin, se fue a dormir a la habitación, y la pareja se encontró el baño más propio de la película “SAW”. Todo rociado de hemoglobina: el espejo, la pila, las toallas, las esponjas, la bañera y hasta el techo. No me extraña que me llamasen asustados, máxime sabedores del cuchillo colosal escondido en la cama.

Total que me pasé por el inmueble para decirle que se fuese. Estaba preocupado porque sabía lo del cuchillo. Todavía había chorretones de sangre tras la puerta. Dudaba cómo se lo tomaría. A nadie le gusta que lo echen. Ni tampoco era legal pues para “rescindir un contrato de alquiler” hay que ir al juzgado lo mismo que para un piso entero.  Hablé con él:

-Tendrás que irte. El resto de los inquilinos me han dicho que o te vas tú o se van ellos. Tengo que proteger mi negocio. – le expliqué pausadamente

El hombre se avergonzó, agachó la cabeza y lo comprendió.

-Si tú dices que soy drogadicto, pues será verdad- contestó sin mirarme a los ojos.

-De verdad que lo siento, piensa que ellos no están tranquilos. Creen que puedes tener enfermedades en la sangre que has rociado por la bañera, donde tienes que ducharse desnudos.- intenté explicarle sin humillarle.

Era buena persona, se le notaba currante. Lástima la puta droga que destroza sus vidas y las de los que los rodean.

Aquella habitación fue ocupada por un informático joven orgulloso de su empresa, extremadamente delgado, de padres catalanes y modales amanerados.

De modo que mis inquilinos eran ahora: la parejita alcohólica con ella tontita, el árabe gordo, y el mariquita esquelético.

Al poco suena el teléfono otra vez, era ella, que había conseguido entrar en Mc Donals y ya tenía para llamar. La conversación fue esta:

-Mira Manolo vas a tener que venir. El moro ha intentado propasarse conmigo y mi marido le está gritando en el salón. Mejor que vengas o aquí va a pasar algo muy gordo. Te pongo el teléfono para que lo escuches.- dijo.

Esto es o que oí:

-¡So hijo puta!, ¡te dije que ni se te ocurriese entrar más en nuestra habitación. Te largas ahora mismo de aquí o te mato!.- le decía a grito pelado el supuesto farmacéutico.

Total que me fui para allá a mediar, motivado por las atronadores alaridos a las once de la noche. Voces violentas en las que el vecindario no tardaría en requerir la presencia policial. Ya habían tenido que aguantar al drogadicto tirado en el suelo durante horas con niños pasando por encima de él, el mismísimo día de Navidad. Estaban hartos de aquel piso alquilado por habitaciones donde no venía más que gentuza. No quería que las relaciones con ellos se deteriorasen aun más.

Me encontré al árabe arrinconado en una esquina del salón con la maleta hecha. Gesto preocupado y cabizbajo. Ella encerrada en la habitación y él visiblemente alterado dispuesto a  lo que fuese.

-¿Si te devuelvo la fianza te vas ahora mismo?- le pregunté al árabe.

-Sí, si-  dijo asintiendo con la cabeza atemorizado. No hablaba español pero lo entendía.

De modo que le di lo suyo y se fue aquella noche cerrada invernal a dormir a un parque.

Aquella habitación la ocupó un chaval joven, de profesión vigilante de seguridad. Era de Granada. Parecía buena persona. Alto y delgado. Lástima que el habla delatase que también le faltaba un hervor para ser normal. No hay mucho más que contar de aquellos meses. El granadino se acabó yendo porque el informático le tiraba los tejos.

-Es que va tras mi culo…- me dijo.

La pareja acabó marchándose también en cuanto echaron a ella del Mc Donals por inútil.

Años más tarde me encontré en un bar del barrio al granadino vigilante. Se había mudado cerca. Me contó que estaba preocupado porque había avalado a un amigo. Este no devolvió el dinero y ahora le embargaban la nómina a él.

Menuda tropa….

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