Cómo ganarse la vida honradamente con gentes que no lo son.

Billete-de-500-eurosPasados los sofocos veraniegos ya me atrevo de nuevo a la proximidad de la rendija de ventilación, donde se disipan los calores del procesador. Otros inquilios me vuelven a fallar y por tanto no hay viaje de momento.

Deberías escribir un libro con todo eso que te pasa con tus pisos– me dijo mi prima una vez. De modo que para no decepcionar cada vez que le dan al ratón iré publicando vivencias personales, en tanto organizo el siguiente viaje.

Primeros inquilinos, primer escarmiento:

Corría el año de 1998. Estaba en la universidad y me acababa de mudar a otro piso recién adquirido. Ubicado en mejor zona. Dónde mis nuevos vecinos aspiraban a funcionario en lugar de tarjeta de residencia…

Y dónde médicos ya jubilados recordaban viajes juveniles a Inglaterra en lugar de repetir el monotema del hambre que pasaron. A día de hoy su hipoteca todavía se resiste a morir. Quedándome vacío el anterior decidí alquilarlo. Siempre quise hacer previsoras inversiones pues sabía que nadie me querria en su empresa pasados los cuarenta. Tener que ganarte un jefe a diario me da pánico de solo pensarlo. Algún negocio quise montar perdiendo todo lo expuesto, más una depresión ya superada. El alquiler me ha salido bien. En su momento había oído historias terroríficas de inquilinos morosos, rentas antiguas intocables, procedimientos judiciales paralizados al tanto que sus morosos moradores se reían en la cara.

Alquilarlo a una familia era perderlo o con suerte recuperarlo destrozado tres años más tarde. Había que ser muy inconsciente o un valiente. Por ello lo alquilé por habitaciones. Si no pagaba uno al menos lo hacía el otro. Entrando yo en el piso hasta el pasillo, es mucho más difícil que se te haga remolón en el pago pues se tiene que enfrentar a mí físicamente. 

Puse el anuncio en la extinta “Primeramá”. Me contestó un montón de gente. Hace quince años España se inundaba de inmigrantes desamparados en búsqueda de vivienda. Me venían con las maletas a ver el piso. Es decir alquilaban bajo el precio que fuese por cualquier cuchitril infecto en aquella Barcelona incapaz de asumir tantísima mano barata. Hasta había chinos que alquilaban una silla por mil pesestas la noche a sus compatriotas para que dieran una cabezada ya fuese sentado. Yo quedaba en el piso pero luego el punto de reunión fue el metro,  pues sin estar lejos, se me perdían en esa urbe caótica. Dónde planos con callejeros rezando: “Calle Vírgen de Lurdes” despistaban con placas de mármol traducidas a “Carrer de la Mare de Deu de Lorda“.

Aquella primera vez, esperaba en el salón algo nervioso. Nunca había alquilado nada. Apareció un hombre mayor y pulcro. No era emigrante sino catalán. Dado que no podría probar en un juzgado el delito que relato, su nombre será: FPV. Pensaba dividir los gastos entre ellos cuando llegasen las facturas. No me dio nada de fianza porque decía que no podía pagarla. Novato de mí pensaba que era prescindible de modo que accedí a no tener depósito alguno.

Luego apareció una mujer muy gorda extremeña juntada con un colombiano pequeñito. De gesto cansado y mirada suplicante. Par grotesco que no servían para un anuncio de Armani precisamente. No quería parejas por lo de no meter a familias, pero al final accedí.

Cuando me llegaba a cobrar las primeras veces, los notaba a los tres muy compenetrados. Reían en la cocina y no disimulaban complicidad. Puede que rindieran culto al fornicio propio de webs estilo “extreme bizarre”. Solo la idea de imaginarme a la gorda dejándose compartir por el noviete colombiano menudo debajo y el viejo rugoso catalán encima, me extremecía.  Aunque no era mi problema mientras me  pagasen. Me preocupaba que FPV se había traído un radiador eléctrico que tenía a toda leche día y noche gastando. Pensé que no habría problemas cuando llegase la factura…

Pasándome cinco minutos al mes a cobrar, ganaba más que en aquel bufete legal día tras día, y para el cual había invertido décadas de estudios. Inversión que a día de hoy ya se que no recuperaré jamás. Más me valía haberme metido en el Mercadona de reponedor, pues hubiera cobrado desde el primer jornal de esfuerzo. Y no esa misma cantidad rodícula pero diez años más tarde. Cantidad insuficiente en ambos casos para vivir en un Barcelona con precios de Londres.

Luego la extremeña me dijo que estaba así de gorda porque había sido culturista de campeonato, que empezó a meterse anabolizantes como si no existiese el mañana y se destrozó el tiroides. Ahora gozaba de una obesidad mórbida incurable que la llevará al cementerio antes que tarde. Trabajaba en una tintorería sin contrato ni cotización ni dignidad. Le pagaban por planchar prendas, 25 pesetas la blusa, 50 cada pantalón. Más valía que se volviese a su tierra a cobrar de los subsidios que estar en Cataluña de paria. Al colombiano le iba mejor: aterrizó en el Prat con un visado de turista, se compró un badilejo en los chinos y se fue a pedir trabajo de peón a la primera obra que encontró. No tenía idea pero el capataz hizo la vista gorda cuando notó que ni el precio le había quitado a la herramienta. Y es que en aquel entonces el que sabía apilar tochos siguiendo un cordel, se ponía por su cuenta y se levantaba presupuestando cuartos de baño el tripe que un cirujano.

Más adelante ella me contó más: cuando me conocieron a mí llevaban 3 días durmiendo en un parque. Habían estado compartiendo otro piso con una pareja de peruanos. Cada par en su habitación. Ocurrió que a los otros se les asomó la maravillosa idea de llamar a Perú gratis. No se les pasó por la mente otra cosa que pinchar el cable de la fachada del teléfono del vecino. El invento duró hasta que le llegó la factura. El pagano no tardó un periquete en sacar su cornuda cabeza por la ventana siguiendo el cable y observando como este se metía en casa de ellos. Llamó a la policía.

Esta llegó pidiendo papeles. El colombiano ya había agotado su visado turístico. Cuyo moreno no lo ligó en la playa sino en el andamio y los monumentos visitados se reducían a la obra por construir a destajo. El pobre se veía otra vez pidiendo en la puerta de la iglesia colonial española en su pueblo americano. A la extremeña la escucharon con más interés y pudo explicarles que el teléfono terminal del cableado estaba en la otra habitación, donde casualmente no estaban los peruanos. El sargento se apiadó de ellos y les soltó:

-Mirad: voy a venir esta tarde cuando estén los peruanos os tendré que llevar a todos detenidos. Así que largaos de aquí inmediatamente antes de que regrese luego- aconsejó el suboficial.

De modo que la planchadora y el peón recogieron apresuradamente. Tres noches al raso pasaron con la maleta por colchón hasta que me conocieron.

Siguiendo mi relato: el FPV empezó a decirme que iba a montar un negocio y que si podía esperarme en el cobro un mes, que tenía muchos gastos. La pareja lo imitó con lo mismo porque resulta que iban a trabajar para él. Vamos que era yo quién los financiaba. Hoy en día no lo hubiera consentido pero había cometido el gravísimo error de darles confianza y eso es lo que mata toda relación mercantil. Además FPV sabía de un abogado buenísimo que arreglaba residencias al colombiano.

El negocio era una imprenta, litografías y estampación de camisetas en un local del ensanche barcelonés.  La pareja estaría en los ordenadores. Eran asalariados.  Uno con la contabilidad y el otro diseñando. Allí frente al word, excel y access, sin pasar calor ni frío como en el tajo. Hasta traje chaqueta se iba a comprar para parecer una de esas abogadas de la tele.

– ¡Esto es lo nuestro!– debieron pensar tocando el cielo.-Ya verás tú la envidia cuando cuente en el pueblo que he triunfado. Si es que son unos faltos de ímpetu. Mira que quedarse alli. Que gente: todo el día en el bar esperando la paguita. ¡Hay que prosperar en la vida!- Billete al estrellato.  Recompensa a tanto sufrir: “los últimos serán los primeros” olvidaban que la biblia habla de bonanza en “la otra vida”, desde luego no en esta y menos en la de ellos.

El FPV los había llevado al local visto por fuera, aunque no por dentro pues todavía no le habían dado las llaves. El abogado, había cobrado por adelantado, y parecía que se retrasaba ya mucho en entregar los papeles que sin ellos no podrían contratar legalmente al colombiano. Ya no sería un  “simpa” sino un triunfador que “había hecho las Europas

Qué suerte habían tenido, con la cantidad de diseñadores gráficos en paro. Ellos con estudios tirando a ningunos y peor presencia. Quienes los grillos dejan de cantar al verlos pasar. Sería duro al principio. Todo iría mejor luego. España iba “pa’lante”. Barcelona, paraiso en la tierra. Vergel de oportunidades que ni buscas, pues están en la otra habitación.

El lunes abrirían, FPV les pagaría ya la faena realizada, dado habían creado listas de precios a lápiz en el salón de mi piso. Pronto las pasarían a litografía propia para colgarlos en el local. A mí me pagarían todo ambos el lunes a medio día. Al piso que me fui.

Me encontré a la pareja sentada en el sofá más grotesca que nunca. Ahora también desvalida. Gesto preocupado. Habían esperando a FTP desde las nueve en la acera frente al local. Este cerrado a cal y canto. El candado de la persiana parecía que hacía años que no se había abierto. Pero ello era imposible. La maquinaria tenía que estar dentro… Total ellos le habían dado todos sus ahorros para comprarlas. El cartel de “se alquila” seguía estando.

Yo ya me lo olía:

-¿No les habréis prestado dinero a este tío, verdad?- pregunté.

-Pues sí, y además le pagamos para un abogado por los papeles de residencia- contestó.

-¡Dios mío, la habéis jodido pero bien!- sentencié.

-Que no, hombre. Seguro que su madre se ha puesto mala y por eso no ha venido. Están todas sus cosas en la habitación y tiene que venir a dar la cara.- calculó.

Entramos en ella y no había nada. Los armarios vacíos. El radiador seguía a toda pastilla.

Los había estafado pero bien. Ella se puso a llorar y él la consolaba echándole el brazo por encima (hasta donde la abarcaba su perimetral anchura).

-Es que nos hemos despedido de nuestros sendos trabajos, y de malas maneras además- lamentó ella.

Menudo panorama.

– Es que no podemos pagarte ni a ti siquiera- explicó.

FPV me dejó a deber cuatro meses y ni fianza tenía. En cambio la extremeña y el colombiano me pagaron en meses venideros el corriente y lo atrasado poco a poco.  Cuando llegó la descomunal factura de la electricidad no si hicieron cargo como es lógico. No he vuelto a saber de ellos pero me gustaría saludarlos, espero que les vaya bien.

Hace mucho tiempo que perdí la inocencia….

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